Cuando me disponía a seguir con mi lectura, mi torpeza quiso, a la quinta copa de vino, que su contenido se derramara sobre mi libro.
Al abrirlo, me sorprendió comprobar todo el texto chispeante, sin ningún tipo de interlineado, ni espaciado entre párrafos y con las letras en negrita y turgentes.
Al cerrarlo, el manchón sobre las tapas había desaparecido.


